Hoy finalmente estoy terminando de desempacar las valijas con los aparejos del viaje por los cayos, tantos islotes, unidos por el trayecto de los talentos en un día soleado y glorioso que sus nombres son difíciles de recordar, y menos en orden. Tan solo Maratón me viene a la mente, por razones obvias.
El sillín Selle Italia, liviano y aerodinámico estaba escondido en el fondo de la mochila beige oscura. Permanecía resguardado como lo son ahora los recuerdos de nuestro encuentro con la tripulación del acorazado Mayamero y el abordaje a la "Conch Republic", perfecto apelativo para el destino de la expedición del grupo y su cargamento de néctar de guacuco.
El asiento negro de la bicicleta prestada parecía sujetarse a la entrañas del morral como para alargar por pocos instantes su propia aventura. Lloraba de nostalgia y alegría cuando comencé a limpiarlo gentilmente con un paño humedecido. El barro recogido en las primeras 7 millas estaba seco y renuente a su nuevo destino en el Rio Hudson.
En el primer trecho marchaba Maclyn al frente, con su bicicleta todo terreno, dominando al fango creado por el aguacero de la noche anterior. Avanzaba con el frenesí de quien conoce la zona. Su ejemplo e ímpetus de líder nos llevaron hasta un punto en que la calzada paralela fenecía en un ángulo obtuso. Al cruzar la calle decidimos rodar por el hombrillo a mayor velocidad a conciencia que nuestro héroe mitológico, él, el de fuerza alada en las batatas se retardaría irremediablemente. Como no tenía la ventaja del odómetro empecé a marcar un paso falso de remolque esperando que Abel y Mauricio lo siguieran, sin preocuparme mucho por la celeridad del avance.
Total solo llevábamos menos de diez millas y aun tendríamos que recorrer otras cien. Bajé el cuerpo y comencé a ganarle poco a poco al viento que intercalándose desde el sur y el este me hacía esforzarme estoicamente. Era mejor para los tres seguir juntos, me dije para mí, yo quería que más adelante alguien me diera una mano en la tarea de atravesar el éter salado e invisible.
Raudos recorrimos 16 millas hasta que V.T. tuvo que cambiarse la camisa de manga larga y quitarse los calzoncillos, según él se estaba recalentando, perfumados quedaron sellados en la zippack donde antes el maíz inflado era consorte de la tocineta en una orgia de amor grasiento y lujurioso. Paramos en un bomba Shell del lado oeste y nos reagrupamos, aprovechamos la llegada de Félix, el escanciador de electrolitos, para reponer fluidos capitales.
Proseguimos la marcha por otras quince millas, dejando atrás puentes y más puentes, los colores verde aguamarina y violeta tornaban cromatograficamente más intensos bajo nuestro paso a medida que el astro rey despuntaba entre los cirros cada vez más altos y tímidos. Los manglares en derredor completaban esta visión marina que por momentos me recordaba Morrocoy y otros paseos con otros protagonistas ausentes atrozmente.
Trataba de mantener la mente ocupada para no pensar en el estiramiento que ya se hacía evidente en la zona del sensible nieger. De pronto, al final de una empinada escalada en un corto viaducto miré por mi retrovisor del casco y percibí que VT ya no podía recuperar la distancia y se separaba inexorable de la rueda trasera de Abel, esperé a ver si en la bajada hacia contacto con el binomio pelotón, pero al escarabajo gigante sin patrocinarte ya le fallaban los arrestos.
Me fui al segundo puesto para esperarlo y darle el confort de una rueda y un paso a seguir, así sufrió por otras dos millas hasta que le pregunté si había ingerido carbohidratos en la última hora. Ante la respuesta, nos detuvimos en una entrada de caminería con vista a la inmensidad de mar; de mi morral extraje el gel restablecedor de glucosa y se lo di a Mauricio, él me lo devolvió después de una ingesta timorata. Yo lo increpé autoritario y le instruí .-Tienes que chupártelo todo.- Los dos nos dimos cuenta de lo familiar de ese comando y al unísono gritamos: "Pa' encima".