"Lo mismo lo dirás a todas" exclamo VT con una carcajada característica, de esas espontaneas, largas y profundas. De inmediato asimiló la glucosa del paquete color aluminio y tragando pesado bebió agua para eliminar la sensación de empalagamiento.
Yo aproveché para comerme una barra de proteína con sabor a peanut butter. Le dije a Maurice que se adelantara que yo ya pronto continuaría. Me quedé disfrutando del momento, con la mirada fija en la distancia, mirando al mar, encandilado por el centelleo de mil olas furtivas que chocaban con sus compañeras de viaje en la superficie temblorosa efímera y metálica. De entre el trafico surgió Félix con ánimos de colaboración y preguntando si nos encontrábamos bien. Le afirmé que teníamos la situación bajo control.
A modo de cizaña indicó que Abel, el de la centena de llamaradas quemándole el gentilicio, avanzaba implacable contra la distancia, agazapado y potente.
.-Así se va a reventar.- Pensé en mis adentros con cierta tranquilidad, todavía faltaban 50 millas y para mí era obvio que este tipo de esfuerzo individual era contrapuesto al éxito de la jornada.
Con aplomo, pero sin pretensión revelé que ya habría tiempo para darle caza. Por otro lado, yo portaba mi casaca de Caldirola y eso me hacía sentir temible viniendo por la retaguardia, no en vano era el depredador, un ave implacable de rapiña estrigiforme. Levanté mi mano derecha en un gesto de adiós a Félix y volteé ligeramente hacia el oriente.
Respiré hondo para llevarme conmigo ese instante en la profundidad de mi ser y de mis pensamientos. Me ajuste la mochila, me enjuagué la boca con un buche de agua proveniente de la vejiga y comencé a rodar, una vez el personal de apoyo se había adelantado. La vereda contigua a la arena que colindaba con la inmensidad de la masa líquida marina se escondía mas allá debajo del próximo puente. Algunos metros más allá atravesé por la grama que separaba la zona playera del hombrillo. Una vez en el asfalto baje mi posición, enganché los pedales y volví a concentrarme en la raya blanca que vertiginosa se movía debajo de mí. Mis piernas encontraban poco a poco su ritmo óptimo de empuje rotativo.
.-Más lento, tienes que ir más lento.- Me repetía la voz de la conciencia, el vacio de la distancia enfrente mío tenía la medida de un viaje a Nyac, ida y vuelta. Yo iba en bicicleta prestada y aún no estaba seguro si los dolores del alto abdomen se revelarían inusitada y cobardemente.
Ensimismado avisté a Mauricio en la distancia, como con fastidio él se levantaba del manubrio y efectuaba una suerte de estiramientos. Me coloqué en la cabecera del dueto amistoso y por otras 8 millas le serví de escudo y sostén moral.
Le faltaban calorías y le flaqueaban las fuerzas, había cometido un error de principiante y ahora le era difícil recuperarse y a la vez rodar.
Bonking es el termino en inglés para lo que estaba experimentando en el sopor de temperaturas que ahora iban increscendo entre los parchos de tierra flotante conectados por la fantasía de Henry Morrison Flagler. En una bomba del lado izquierdo esperaba el de las múltiples llamaradas con su camisa roja intensa.
De nuevo apareció el hombre de las vituallas y así bebimos gatorade de dos diferentes sabores mientras escuchábamos el parte de la travesía de Doble Guapo resguardando la retaguardia de nuestra camaradería de rayos giratorios..
El marsupial de Onehundred-Fires podía oler el pánico de una de sus víctimas en la distancia, Mauricio estaba herido y al final el Gallo Tapao venía a probar que todos los avances previos al paseo no eran de mentira. La contienda ahora era de depredador contra depredador. La carretera cobraba visos de tablero de ajedrez y la ruta adquiría un acento táctico-físico.
.-Mauricio ya puedes seguir?.- Preguntó el ave isleña del penacho colorido y las espuelas largas, en tono descubierto, pero tratando de aparentar cierto disimulo.
.-Estoy muy recalentado, tampoco he tomado muchos líquidos.- Replicó contrariado el hombre cuyos orígenes se remontaban a las bajas hondonadas del Cauca.
.-Bueno entonces Germán y yo vamos a seguir, Uds. nos alcanzan después.- Exclamó zamarro el del plumaje esponjoso con dejo que incitaba al desafío al compañero de la camisa amarilla.
Y así partieron una vez más con rumbo al sur, atravesando viaductos, manglares, lagunas y poblaciones perdidas en el concepto de lo trascendente.
De pronto pasaron los muchachos justo sobre el camino flotante de las siete millas. Desde la retaguardia el vehículo color plomo transportando a fotógrafo, director técnico y al guapo del queso cuadrado se coloco paralelo. Entre poses y vítores alcanzamos juntos tierra firme y avanzábamos contra las vibraciones de la carretera y la ira del sol flotante en el suroeste.
El publico nos aplaudió desde las verjas con brío y vigor, las palmas batientes tocaban las fibras que validaban el dolor y la insoslayable distancia.
En una jugada táctica el depredador estrigiforme le pidió al hombre de las diez decenas encendidas que pasara a la punta y halara el pelotón , al menos por dos millas. De cansancio y adormecimiento en el nieger, el más voluminoso se paró en los pedales. Fatal decisión pues 2 millas más adelante y a 67 de cayo largo los cuerpos yacían tendidos en el piso como muestra del cansancio y de que el otrora bailarín Castiñeyroski había sido sufrido la metamorfosis de categoría "crucero" a peso "gallo tapo" y al momento del choque su baja masa lo hacian comportar como una grácil barajita.