Cayo Hueso, Tercera Entrega (Recuerdos del Futuro)

Por Germán Guerrero, el Semental sentimental.


Distanciados por miles de pequeños guijarros filosos y tres metros, yacían los cuerpos a un lado de la calzada. Ningún conductor se detuvo, tampoco el tiempo. Sin saber cómo, ni porque, ahí permanecían tratando de sentir si alguna lesión o daño mayor había ocurrido.

La peor parte la había sufrido el de las cien espuelas ocultas.

Con mirada confundida y gesto de tribulación increpaba al depredador, quien haciéndose la victima fingía sufrir, a duras penas una laceración profunda en el pulgar y contusiones entre la cadera y el muslo al estilo de los que dejaba un try anotado en la cancha seca de la academia, eran el conteo de los daños últimos al devastador representante de Caldirola. Lentamente el del torso vestido de rojo comenzó a putear sobre las circunstancias de la melé metálica.

Se tocaba el hombro y el alto brazo tratando de identificar raspaduras externas y quizás una luxación interna. Todas excusas banales ante el cansancio intenso en las altas horas de la tarde.

El astuto de Caldirola esperó que las cien centellas se apagaran individuales o en grupo, él había rodado varias veces sobre el asfalto y piedrecillas, ágil, valiéndose de una técnica propia de los arte marciales del lejano oriente, evitando de este modo un perjuicio mayor.

De nuevo ya sobre los sillines raspados por lo violento de la caída y después de haber revisado que las bicis no habían sufrido avería mayor, se engancharon los cuatro pedales y prosiguieron la conquista del sur, de la jornada, del dolor y de la agonía. El de Caldirola pasó de nuevo al frente y comenzó a apretar con su instinto asesino.

Jugueteaba ahora con su contendor dejándolo mantener el paso y alejándose por momentos.

Su plan, ir debilitando el espíritu del agente de la isla de la felicidad marítima. Luego de pocas millas se detuvieron en un CVS. El Depredador Máximo, en ese entonces actuaba como enfermero y le hacía curación al codo derecho al gigante de la escatofagia insular.

En medio de las gazas y la limpieza, apareció de entre el tráfico el capitán de los aguateros y en su compañía ingirieron los participantes del recorrido total, emulsiones con aminoácidos y energía para las 30 millas que aun reposaban silentes y dilatadas por delante de los dos gallardos contendores.

La corta caravana avanzaba ahora lenta y acongojada, se estaba desinflando el valeroso personaje bíblico y el Depredador mostraba por momentos su faz caritativa y magnánima. Caldirolo, cual domestique de lujo seguía penetrando al frente como una flecha guerrera el espacio aéreo de los cayos, eso adquiridos por la gran potencia del norte a raíz de la guerra hispano-americana. Cuando faltaban 15 millas Félix ya estaba muy distante para ofrecer apoyo alguno, y poco antes había indicado que VT volaba en las ultimas millas. Las esperanzas de los dos épicos contendores de ser los primeros en abordar ya no eran más una posibilidad. Ante esta abyecta realidad la prioridad era comer y beber, apenas si faltaba una hora de camino, quince millas serían objeto final de la conquista, siempre y cuando la glucosa de la sangre mantuviera un nivel mínimo y los calambres no se hicieran invitados indeseados.

Sanguches de salmón y limonada con frutos del territorio proveerían los últimos cartuchos que necesitarían nuestros héroes. Por si acaso, adquirirían una botella de dos litros de agua originario de un manantial en las lejanías de Fiji.

Una vez saturadas las botellas adiabáticas, la camisa amarilla quedaba enchumbada del cristalino liquido vital. También la colorada, y con el remanente piernas y brazos eran objeto de reducción de temperatura por el fenómeno de evaporación . Así bajaban la calentura corporal y aumentaban las posibilidades de llegar sanos y salvos a la meta final.

Los postreros minutos transcurrieron en una carrera contra la oscuridad, el sol se ponía lentamente sobre el horizonte y la visibilidad se hacia difícil, encandilados por lo intenso y anaranjado del atardecer entraron los personajes de esta historia en el cayo más al sur del territorio americano, Cayo Hueso no era más ignoto para el RBPPA y Maclyn como un capitán de barco esperaba en la encrucijada capital.

A la izquierda fuimos todos en un pseudo-sprint que nos llevaba por el lado del aeropuerto y hasta la entrada del hotel que nos guarecería las siguientes dos noches. Mauricio ya desmontado y descalzo haría las veces de juez de meta de la contienda. En la recta del aeropuerto me desprendí de Abel y Maclyn, no sabía si esperarlos para llegar todos juntos o acelerar para establecer que a pesar de todo cuando se trataba de dos ruedas y distancia, seguía siendo el chivo con mayor volumen en la vejiga urinaria.

Al final mis instintos se apoderaron de mi y en solitario crucé la entrada del estacionamiento con quizá otras 15 millas para dar. Sin embargo el niesni estaba destrozado y otros dolores de extenuación aparecían en la espalda, hombros codos y muñecas.

Todas las vibraciones del camino estaban conmigo y cobraban vida y querían ser protagonista de la ahora noche incipiente.

A la llegada de los dos postrimeros miembros de nuestro tropel, todos cinco nos felicitamos y abrazamos, hifi-chocamos y dejamos que el de las pantorrillas recias nos registrara y buscara las llaves de los aposentos.

Un poeta escribió alguna vez que cada atardecer es un puerto y este había sido sin duda un arribar al muelle de la amistad digno de los anales de la cada vez más extensa epopeya de los camaradas talentosos.

Solo quedaba bañarse cambiarse y comer. Contactamos a Blas y Julio sin éxito y como ya está documentado, en un sitio que ofrecía descuento en el vino con cupones fuimos a parar y a degustar los frutos del mar. Después de un brindis con chardonais californiano de poco nombre pero suficiente sabor para agradar los paladares, brindamos por esa noche, por ese paseo, por los esfuerzos individuales, las anécdotas, los panas que ausentes y las próximas aventuras.

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