La mano batiente al viento se movió en forma ondulante, el curso de los ocupantes y el vehículo Kia con placas del estado del sol brillante que los transportaba se encaminó enseguida al sur de la ruta 421.
En pocos instantes nosotros en la Sienna azul estableceríamos un destino diametralmente opuesto. No habíamos llegado al trébol vial que desembocaba en la autopista 77 cuando sentí como si se me hubiera derrumbado encima un muro que contenía todas las experiencias de la ahora concluida convención del RBPPA.
Ya antes Jose A. y posteriormente Joseito, Tony y Abel habían dado un preámbulo de alejamiento, también José “el lindio” en tono jocoso agitaría la extremidad superior derecha y gritaría “Vamos al Food Lion. Ya venimos”. Las dos despedidas se unían ahora en el tiempo implacable de mi mente y disparaba una secuencia de sensaciones encontradas.
Muchos recuerdos desarchivandose sin control, se apoderaron de mis pensamientos como una presentación de power point acelerada. Los pitazos de corneta y sobretodo las manos de todos, en su gesto sincero de adiós al viento, hablaban un lenguaje tácito de nostalgia inmediata, de tristeza ante el rompimiento del hasta ahora muy unido grupo. Una sensación dulce y amarga invadió mis momentos al frente del volante por largos instantes. El tráfico recurrente y la seguridad de prontos reencuentros me volvían a mi estado previo de serenidad y relajación.

Julio, Germán y Cesar en el podio de triunfadores
El azul de las montañas, flanqueándonos por occidente se hacia pequeño y gris. Los lindes de nuestra guarida montañera quedaban atrás, protegidos por la empinada y sinuosa cuesta, que infranqueable se hizo nuestro reto y nuestro orgullo en los retornos vespertinos.
Las memorias más frescas saltaban ágiles primero, los recuerdos del suave rodaje en el dorado atardecer hacia el punto del ocaso, en medio de maizales jóvenes y verdes languidecían rebeldes sin querer marcharse de mi cabeza. También se colaban imágenes de la visita previa a los viñedos de Rafaldini y su terraza sibarita, prominencia del valle y las Montañas Apalaches en su mejor tono de verde azulado.
Flashes de la contrarreloj de Mountain Beech con el director técnico-fotógrafo aupándonos y torturando el obturador de la herramienta digital se interponían por momentos. Pensaba como mi nivel de concentración en las cerradas curvas culebreantes de las primeras 8 millas era tal que me pareció un trayecto de 15 minutos. Las últimas tres millas hasta el resort turístico si se harían más largas por lo empinado y prolongado de algunas rampas que nos exigían al máximo y por el tráfico fumigante.
No podía entender o aceptar que todo eso se había acabado, que el resto de los compañeros no tendrían la oportunidad de medir sus energías en ese puerto clasificado, de acuerdo a Murphy, de primera categoría.
Comentaba con Julio de los detalles del ascenso matutino y de cómo exprimimos el último día, avanzando con terquedad sobre nuestros fieles corceles biciclos a pesar de que iba ya feneciendo el día plácido, sobre las suaves colinas del territorio piemontino. Nos reíamos melancólicos de nuestro final glorioso en el podio detrás de la tienda de venta de armas.
La resignación llegaría poco a poco, ayudada por las 11 horas de carretera, el degustamiento de los pastelitos que preparó el guapo (pronto simple, pero aún con doble queso) de avío para el camino, el cansancio acumulado del viaje y el enfrentamiento a la realidad que significaba el acercamiento paulatino a nuestro punto de origen y destino final, 2250 Broadway en el alto oeste de la Gran Manzana.