Borrowed Time: Segunda entrega

Por Germán Guerrero, el Semental sentimental.


En medio del camino de regreso y ya entrados en Virginia, en un momento en que el copiloto Litle Bro cambiaba la música, observó: - Creo que esa es la bomba en que esperamos a Mauricio en el camino de ida.- En efecto, así era, sobrepasábamos en ese instante la salida 239, la anticipación de la ida se convertía en resignación en la vuelta y caíamos en cuenta que ya había pasado un período de siete días completos. Las primeras jornadas inicialmente sucedieron lentas, pero la semana se había esfumado, apenas quedaban los recuerdos.

Me reacomodé en la butaca del puesto del conductor y apreté mi dorso contra el respaldar para estirarme. Lo primero que me vino a la mente fue la máquina de refrescos en la garita de entrada de Grand Father Mountain.

Ahí me recosté por varios minutos contra el plexiglás caliente, tratando de recobrar la temperatura corporal y la sensación en la punta de los meniques y anulares de las dos manos. Aunque embrionario eran un indudable síntoma de hipotermia. Estábamos todos mojados y tiritábamos ante la inesperada bajada de la temperatura ambiente.

Comentábamos cada uno, con alivio donde nos había tropezado la tormenta y cual había sido nuestra reacción. Yo salí bien librado, le dije a Abel, Toni y Julio con convicción. Estaba seguro cuando pasé por tercera vez el viaducto descubierto que una descarga de esas que se lanzan aleatorias y autosuficientes, alumbrando al cielo con una línea quebrada y haciendo un ruido aterrador al ir rompiendo la capacidad dieléctrica del aire, me alcanzaría.

Trataba de apretar la marcha para cumplir la doble meta de salir de esa precaria posición en la que yo mismo me había metido y calentarme con el uso del ATP consumido en las mitocondria de las células musculares. El granizo por su característica helada negaba mis intenciones, además castigaba físicamente con sadismo como por andanadas, una tras otra que no terminaban y yo sentía que estaba atravesando múltiples cortinas de agujas todas con vida propia y enfurecidas en mi contra. Grité para darme fuerza, para sacudirme los malos pensamientos, grité para hacer caso omiso al dolor y para con rabia encarar a mi manera a los elementos enemistados con nosotros y entre ellos.

El volumen de agua precipitándose desde las alturas hacia perder la visibilidad. Ahora me daba miedo que también un conductor torpe no me viera y me llevara por delante. Una ráfaga de viento tenaz casi me hace desmontar involuntariamente. Por fracciones de segundo tuve miedo, pensé en mi familia, en mi obituario y los paseos que me perdería con mis amigos.

Bajar la montaña de nuevo no había sido una buena idea y si me pasaba algo esperaba que Kim no se fuera a molestar mucho con César. Que entre otras cosas, estaba desparecido y era el único de los que seguro intentarían encumbrar ese día, cuyo paradero seguía siendo una interrogación.

En medio de mi desespero por llegar al tope de nuevo y guarecerme en la caseta de la entrada, que ahora parecía el único sitio seguro, seguí infligiéndome rotación de piernas a pesar del cansancio. Rotación extrema dada con furia; así estaría menos tiempo al descubierto y disminuiría estadísticamente el chance de ser tocado por el surco eléctrico.

Asumí que César habría regresado con los demás y que nos recogerían con los carros. De pronto, de la difusa distancia saldría Abel en su bicicleta blanca. Le comenté que no había visto a César y que deberíamos cobijarnos en la oficina de la entrada. Haciéndonos compañía llegamos a la caseta y junto con Toni y Julio nos sentamos en un rincón alejado de las corrientes de aire que libremente circulaban entre las dos puertas.

Hicimos múltiples viajes a las maquinas automáticas y comimos chucherías para restablecer calorías perdidas. De pronto cuando ya no había tormenta llego César completamente emparamado. Le indiqué cual era el punto mas caliente de todo el lugar y se quedó por un rato entre las máquinas para espantar al frío.

Después de mucho esperar y castañear los dientes llegarían los refuerzos con la ropa seca. Alguien comentó -que bien caería ahora esa sopita de ajoporro que nos espera en la cabaña-. Allá nos dirigiríamos después de tomar fotos en las cercanías de las señas que mostraban el nombre del lugar. La camaradería había crecido con el padecimiento a que nos había sometido el súbito cambio de clima y todos nos alegramos de todos los esfuerzos entregados y de que todos habíamos salido sanos y salvos de este día de aventura.

Las doce millas de este trayecto serían un buen aperitivo para la subida que planeábamos al otro día los que seguiríamos contendiendo por el último premio de montaña del RBPPA Tour.

Sin embargo, en el ambiente ya comenzaba a germinarse la nostalgia. Jose, Abel y Toni se marcharian temprano al otro día y quebrarían al grupo irremediablemente.

Borrowed Time: 1ra Entrega

Borrowed Time: 3ra Entrega

Borrowed Time: 4ta Entrega

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