Ya casi llegando a Pensilvania, la música comenzaba a repetirse. La misma melodía de hacía una ahora aproximadamente sonaba inmutable. En cuestión de segundos mi fraternal acompañante e interlocutor procedería a hurgar en el estuche que contenía los discos y poner algo que no hubiéramos escuchado antes. Le pregunté en ese momento de silencio, si le había valido la pena el paseo y me respondió que estaba muy satisfecho, que el grupo era fantástico (cosa que yo ya sabía, que lo más sorprendente le parecía lo bien que todos nos habíamos llevado unos con otros y que con la excepción del incidente de la desasociación mía del pelotón el miércoles, todo había salido a pedir de boca.
-Todo por el Gatorade-. Le comenté que el malentendido se gestó en no haber encontrado la botella que había preparado con los electrolitos que necesitaría. Entre subir y bajar las escaleras, revisar a diestra y siniestra, afuera y adentro, había salido retrasado y distanciado del grupo. Como mi intención era mantenerme con el pelotón en esa etapa ni había preguntado a donde irían.
Al llegar a la 221 supe que algo no estaba bien, miré al norte y al sur y no divisé a nadie. Ahora se trataba de un 50-50 chance. Me dirigí hacia la 421 pensando que camino al norte el terreno sería más escarpado y no propicio para los godditos reventaos quejones que mayoritariamente componían el grupo esa mañana. Abel y José permanecían en la cabaña haciendo los arreglos para transportar al Cimarrón al aeropuerto de Charlotte.
Yo, en mis ansias por conectarme con el pelotón empecé a pedalear con todo, en algún momento el odómetro marcó 35.5km/hr, en mi fiel Mongoose ese es un paso improbable. Llegué en poco tiempo a la 421 y no identifiqué a nadie en dirección a Boone. Ahí supe que ya no los alcanzaría, presentía que ellos se habían ido por el otro 50 diferente del mío.
Ya que estoy aquí trataré de hacer de esto un entrenamiento rompepierna solitario-me dije con decepción –Enfrenté la subida hacia el Parkway con cierta rabia, en la redomita tomé el camino opuesto del día anterior y me preparé para la subida que Maclyn había investigado y descrito con admiración como peliaguda.
En ese momento comenzaron las llamadas y mensajes con Julio y DGCQ. Lamentablemente nos separaban ahora 10km de ruta y yo en ese instante, dadas las circunstancias prefería montar solo. Me concentré en la subida y con toda mi energía empleé un paso prohibitivo. El cansancio no me afectaba, el mal humor me consumía y esta saca-chicha era la mejor medicina. Me comí la pendiente como si nada, todas las pulgas malas que llevaba encima pedaleaban conmigo y hacían que avanzara a alta velocidad sin perturbación.
Lentamente volvía a ser yo mismo y los pensamientos absurdos se suavizaban con la pendiente conquistada. Me daba cuenta que no tenia sentido buscar el carro e irme para pasar el día en Asheville.
Tampoco tenía mucha lógica tratar de hacer yo solo el terreno montañoso de Long Yancey (uno de mis objetivos iníciales cuando se planteo Boone como base). Me encontré con un fulano llegando al bloqueo de la vía. Le pregunté si tenía sentido obviar las barricadas y seguir avanzando hacia el norte por la interrumpida Parkway. El no sabía si llegaría al norte por esa via y mucho menos si sería cercano a donde yo pensaba estaba el grupo, además opinaba que el terreno derrumbado podría ser peligroso.
No me quedó mas remedio que gerenciar la situación y tratar de optimizar la realidad que me embebía. Por ráfagas volvía la ira y me carcomía y se convertía como en un combustible volátil que estallaba en los cilindros de las caderas, las piernas como dos pistones mecánicos generaban un movimiento vertical que con el uso de la cadena se transformaban en traslación longitudinal y yo avanzaba veloz en mi corcel de aluminio. Las piernas me dolían, pero más sufrido iba el espíritu.
El esfuerzo físico se hacia catarsis en la bajada de la cuesta y el retorno al punto de origen. De un solo envión me llegué a la 221 y de ahí embestí el desnivel de pendiente positiva hasta la cabaña, con planes aún indecisos.
Lo que si sabía es que iba a descargar los paniers donde llevaba avituallamientos para el grupo. Nada de barras energéticas para Félix, ni naranjas para Cataldino, tampoco gatorade para Cesar ni la segunda cámara de julio. Demasiado peso inútil que yo no necesitaba, además me quería largar libre por ahí, como el viento azul de la montaña.
Me despedí de Jose Antonio, Juseito y Abel y salí sin rumbo premeditado, como depredador en el verano. Ya había completado 20 km y mi meta era rodar 20 mas en alguna dirección para redondear 60km por todo el día. Mulato Mountain me cruzó la mente bajando de la cabaña por West Pine Swamp Road. Crucé a la derecha en la 221 y de pronto un impulso me hizo girar inmediatamente a la Izquierda.
Me acordé de los mapas que había visto en múltiples oportunidades en el internet cuando preparé las posibles rutas en la fase inicial planeadora del viaje. Podía fácilmente visualizar Cranberry Spring Road en mi cabeza como un posible camino. Avancé con ánimos de improvisar y siempre atento en todos los cruces que hacía. Aunque tenía cierta ubicación de todas las veces que investigué la zona con la ayuda cibernetica, tenía que recordar como sería el trayecto para poder repetirlo de regreso.
Rodé unas 11 millas, la mayoría bordeando los bancos de un rio mediano color tierra. Aceleraba a ratos imitando alguna prueba contra el reloj imaginaria. Sin darme cuenta después de pasar diferentes bifurcaciones y desvíos me aproximé al caserío insignificante de Todd, ya me acostumbraba a ir solo, es como cuando voy por el rio en Manhattan los domingos-Pensé-.
La vejiga del Camel se había pinchado y un mini chorro lo había vaciado. La mochila en si, la espalda, la pantaloneta y hasta las medias y los zapatos estaban enchumbados, sin embargo yo por dentro estaba seco.
Traté de ver si había algún establecimiento para comprar fluidos de restitución de electrolitos y continuar otros cinco u ocho kilómetros como era mi último plan.

Aparecieron!
De pronto de la nada aparecieron los godditos, aparentaban estar más cansados que yo y ellos también buscaban comida para reabastecer la energía perdida y reemprender el camino de vuelta. Nos saludamos con extrañeza y alegría a la vez, mientras un suspiro de alivio flotó ubicuo en el ambiente, nos abrazamos e intercambiamos disculpas y las experiencias del día. Después de darles los pocos pertrechos proteicos que todavía me quedaban, salí a alcanzar a Julio y a Toni.
Culminé la subida de Three Top Road en dirección a Woodford y regresé a reencontrarme con el pelotón. Después de reagruparnos nos maravillamos de que nos hubiéramos tropezado en tan vasta geografía y ahí Cesar acertadamente comento “It was destiny”
Así era, nosotros nos habíamos separado y el destino volvía a unirnos después de someternos a las pruebas que fortalecen la amistad.