Se hace camino al andar...
Luego de siete horas y fracción de camino, paramos en la frontera entre Philadelphia y New Jersey en alguna estación de gasolina de nombre “Love”. Cargamos y descargamos diferentes tipos de fluidos y al montarnos de vuelta en el vehículo con las bicicletas en el techo, retomamos los comentarios de las experiencias del viaje.
Coincidimos que el día más exigente en términos de duración y esfuerzo había sido el tercero. Cuando aún Cimarrón, mas no Maurice, estaba presente. Atacamos la larga ondeante geografía del Blue Ridge Parkway, entrando por el acceso de la 421 cercano a casa. Antes habíamos salido compactos los ocho guacucos con un alto nivel anímico desde la cabaña rumbo al sur.
La larga hilera hacía difícil el que los carros pudieron adelantar. Yo me retrasé para hacer un rompimiento en la línea y reducir lo largo del gusano multicolor, supuse que así disminuía marginalmente el riesgo de accidente automotor. En ese instante nos habíamos convertido en equipo, éramos un solo cuerpo sobre la ruta.
Ese lapso sería lo más parecido a un conjunto armonioso que habíamos experimentado hasta el momento. Todos tratando de ayudarnos los unos a los otros a medida que avanzábamos, independientemente de los fugaces piques transitorios acarreados siempre en el espíritu de la libre competencia y buena fe.
-En realidad fue un día glorioso- Le comenté a Julio, mientras me abrochaba el cinturón de seguridad. La temperatura era perfecta, la humedad apenas si se sentía, el sol y las nubes se turnaban en una proporción inmejorable. Todos manteníamos un alto brío deportivo y hasta César parecía olvidar o adaptarse a los percances del descarrilador malfuncionando.
Nos reagrupamos varias veces, inicialmente en el semáforo, luego en la redoma antes de la temida subida, que desde nuestra perspectiva se figuraba como una rampa infinita.
Maclyn giraba instrucciones y describía al que quería poner atención, todos los cambios de cota que vendrían. Cesar y Félix picaron adelante aduciendo descuento por volumen y de requerir más tiempo. Toni se les uniría siguiendo la tradición, (por detrás), para luego rebasarlos y tomar la delantera. En seguida lo perseguía Julio, quien presentaba un cuadro de éxtasis fotográfico y captaba hasta el vuelo de las hojas al paso de las rampantes maquinas de dos ciclos.
Yo compartiría un rato con Maclyn, quien de acuerdo a los lugareños se había vestido de policía de caminos. Después de un rato, comencé a apretar la marcha y con mucha fluidez sobrepasé a Abel Y Cimarrón. Ellos iban absortos, distraídos, hablando de las cuaimas y sus misterios. Pronto yo dominaría la cuesta hasta uno de los miradores donde nos reagruparíamos de nuevo. Más tarde, luego de tomar fotos a mis compañeros en plena imitación de nuestro artista-medico, retrocedería para darle apoyo moral a DGCQ.
Este hacía un esfuerzo infrahumano para no alejarse del grupo y disfrutar del paseo con todos. Lo acompañé sobre un par de repechos imitando a Popovych, mi domestique favorito, para luego emprender camino veloz entre los diferentes tonos de verde que me ofrecía la campiña. Poco a poco fui alcanzando y rebasando figuras cinéticas enjorobadas hacia adelante tratando de hacerse mas pequeñas contra el viento.
Al mismo tiempo disparaba la cámara que me habían encomendado y trataba de reciprocar a Julio por los paisajes y situaciones plasmadas digitalmente en que él existía como autor ausente.
A continuación de un largo tiempo de rodar en que iba y volvía, me volqué con empeño a alcanzar el final de ese tramo de carretera abierta, habiéndole prometido a DGCQ que volvería a buscarlo. Cumplí mi objetivo y mi promesa. Llegué al final de la vereda, donde las barreras blancas y rojas impedían el acceso y retorné a por Comandante Matasiete. Una vez con Maclyn llegamos a la conclusión que dado lo distante del final del camino y de la cabaña desde esa referencia, lo mas prudente sería que él comenzara a regresar, yo esperaría al resto para informarles y tornaría con ellos a congregarnos en la redoma antes de entrar en el corto trayecto de la autopista.
Luego de esperar por mas de media hora, comiéndome lentamente una barra de proteína, me dirigí de nuevo en dirección a donde se suponía que ya debería estar apareciendo el grupo.
Escalé con desilusión cuesta tras cuesta, no había señales de ellos y me comencé a preocupar a cada palmo que no los tenía en vista. Apreté la marcha con ansiedad y haciendo caso omiso a mí propia fatiga los atisbé justamente en la última hondonada antes del final del camino. Ellos también nos esperaban sin éxito y como la cobertura celular no lo permitía, no nos habíamos comunicado con propiedad. Tomé las postremas fotos de esta parte de la jornada, ya quería regresar, comenzábamos a tener hambre y a soñar.

Tony y Felix cumpliendo con lo prometido
Félix y Toni habían prometido una suculenta parrillada y ese pensamiento se hizo norte de mis pensamientos. Repetí la rutina de la mañana y de nuevo alcanzaba y rebasaba a los camaradas ciclistas.
A lo lejos, sólo faltaba Julio, le di a los pedales con todo lo que me quedaba, pero jamás pude cerrar la brecha de 200 mts que él se obstinó en no permitirme estrechar. Esperamos que fueran llegando todos en la redomita de la entrada. Ahí subían dos ruteros con el mensaje: El ciclista amigo, el mayamero, ya se fue a la cabaña.
Volvimos a nuestra guarida sufriendo los interminables ataques de Cesar y Toni. Al final el componente Boyacense de Julio y yo tomamos turnos uno al frente del otro por la 221 y llegamos parejos hasta la subida de Cedar Way.
Ahí, todas las horas de entrenamiento previas al paseo pagaban y me despegaba constante con el gentilicio de un escarabajo. Subí encarnando con honor y bravura mi Maillot Jaune hasta el borde que da la vista más extensa al semi-valle. Desmonté y lancé otra ráfaga de secuencias digitales para la posteridad. Poco a poco escalaban con penuria los demás en la conclusión de esta jornada de deporte y paseo.
EL atardecer estaba en ciernes y me contentaba que hoy no tenía que cocinar. Me acicalé con pausa y subí a la terraza con una camisa apretada que evidenciara mi inexistente abdomen protuberado y mi porte de atleta, descorché una botella de vino californiano y comencé a disfrutar de la suave brisa de una tarde perfecta, colofón a nuestro día de aventura. Mientras preparábamos la mesa rústica en la esquina de la terraza, el sol se hundió mas allá de las vertientes azul verdosas de la distancia y las nubes se prendieron en fuego.
Los humos fragantes de la carne nos rodeaban y de nuevo iniciamos el rito de posar para la posteridad. Pasamos enfrente del lente multicromatico en una danza individual y en permutaciones de grupo. Le pregunté a Abel y Félix si este resquicio del tiempo y el espacio no era perfecto, alguien comentó que también podía ser frágil. Oteé la distancia donde los colores cambiaban como en una fragua del tiempo.
Pensé que todo pasa y todo queda, pero Lo nuestro es andar. Las nubes flotaban y nuestro mini universo se hacía de sol y de grana y volaba. Me di cuenta que este era un momento delineado y protegido por la tensión superficial de la película en una pompa de jabón. Deseé que nuestro mundo en ese instante durara, aunque sabía que era ingrávido y gentil.