“Encuentro de Siete de Azul y Mar”
Me gustaban esas sensaciones y quería dormir un poco más envuelto en ellas, pero ya la excitación del inminente encuentro aunada al deseo de iniciar de una vez por todas la secuencia de conteo regresivo del rito ciclístico me mantuvieron despierto. Toni parecía dormitar al lado de la fenestra, de pronto escuchamos un sonido digital agudo y repetitivo proveniente de la habitación contigua. Franco ya se espabilaba y preguntaba si estaríamos listos. Así, finalmente entreabrí los ojos a parpadeos estultos envuelto de vigilia. En pocos instante estábamos ya ataviados con las prendas sintéticas que mantienen apretadas las siluetas del cuerpo. Guantes? Sí, bandana? Sí, agua en los bidones? Sí, recámara de repuesto ? Sí. Pumpa? Sí. Concluida la letanía del “check list” cabresteamos a las bicis por el pasillo hasta que erguidas en las grupas circulares entraron dóciles en el cajón del elevador. Solo pequeños ajustes a los sillines de nuestros equinos de fibras y polímeros ligeros y podríamos salir por la puerta del club. Antes de abandonar los confines añiles confirmamos con Cesar que Güido y Nicolás ya venían acompañándolo y estaban todos en camino. Llegamos los tres a Naiguatá a poca velocidad, simplemente pasando entre baches, huecos, alcantarillas y otras múltiples peligrosas deformaciones del terreno. Entre Naiguatá y Anare subimos a ritmo de calentamiento y nos vigilábamos mutuamente. A esa cadencia hasta podíamos ir en paralelo y mantener conversación. Nos maravillábamos de lo hermoso de la temprana mañana, condiciones perfectas; poca brisa nada de calor y fantástico el color intenso del cielo. “Esto” está del carajo dijo alguien. “Esto” tenía significado profundo y atañía a diferentes aspectos de la vida. “Que pudieran los amigos encontrarse” “Que a pesar del país, aún se tengan espacios”“Que la brisa no soplara en contra con vehemencia” “Que pronto nos encontraríamos con el resto” En fin en lo afortunado que somos de tener “Esto”.
Anare había quedado atrás y veíamos otros ciclistas sueltos y en grupo haciendo la faena. Sin mediar advertencia Toni surgió del grupo para apretar el paso, yo esperé que Franco cerrara la brecha y así guardarme alguna energías. En fila india avanzamos entre ensenadas rocosas, el talud de la montaña y vistas largas al mar. A ratos nos turnábamos en la punta y compartíamos la labor de hacerle frente a los timoratos alisios. Cuando el poco tráfico y el estiramiento de la línea que era la carretera lo permitía nos juntábamos para iniciar una afable plática. Sin darnos cuenta ya estábamos pasando al lado del auto quemado y en proceso de oxidación que demarca el único mini puerto de montaña. Desde ahí y hasta la playa de Los Caracas faltarían apenas 7 km. Franco trataba de mantener un pedaleo de entrenamiento e igual yo. Toni más brioso se mostraba díscolo a ratos y hacía sentir la potencia que Félix ya nos había advertido. A sabiendas que faltaban a lo sumo 4km asumí mi posición de TT sobre el manubrio plano y subí la velocidad, después de 2 km sentía el ácido láctico en los muslos y la respiración más entrecortada y profunda; esperaba de un relevo en la punta, mas quedé sorprendido por un ataque feroz del oriundo de Polla , Campania. El representante del equipo Sala-Consilina, Salerno inició la búsqueda del fugado. Gracias, dije para mis adentros, estos carajos ven todas las carreras de bici y saben cuándo atacar al cansado. Después de una persecución furiosa nos reagrupamos a la llegada de la otrora Ciudad balneario. Una llovizna ligera nos roció con aprobación y nos bendijo con su descomposición prismática. Un peñero solitario se cruzó enfrente del arco cromático y nos obligó a una parada inusitada. Logramos múltiples registros digitales del paraje, de las olas, de la peña hueca albergue de los pelícanos. También de los tres, con la ilusión de compartirlas en el chat que nos amalgama. Iniciamos el regreso con la responsabilidad de rodar rápido porque el contingente caraqueño ya había abandonado la sede Prados del Este y estaban por llegar a tiempo al punto de encuentro tantas veces discutido desde la noche de la víspera. Enfocamos nuestra mira a sotavento y con viento de cola raudos repasamos el trayecto ya recorrido. Nos acompañó el arcoíris por una buena parte del camino, así como las aves marinas que se movían entre los muchos peñascos que surgen entre el reborboteo de las olas. Las mismas que se inmolan en eyaculación de espuma contra sus lados o irregulares aristas. Anare con sus policías acostados ya estaban en la retaguardia y los tres amigos seguíamos empujando equitativamente y duro para no quedar mal con el otro trío. De pronto un “sospetto di foratura”. Nos detuvimos a revisar la llanta de Franco, una vez más se ceñía en demasía a la calzada. Nos detuvimos y con tanteos de índice y pulgar corroboramos que necesitaba aire, extrañamos a Javier y con energía hice uso de mis músculos cortos y metiéndole bíceps volvimos a crear rigidez en la tripa del neumático estilizado. Justo entró una llamada de César para informarnos que ya estaban esperándonos. Nosotros todavía tendríamos 6 km por recorrer. Eso les dará tiempo de montar las ruedas y dejar las bicis a punto para salir, nos dijimos, y así no sentirnos culpables de la tardanza.
Los últimos kilómetros fueron de tensión, al menos para mí. Transitábamos por la zona donde el asfalto se hace más imperfecto donde las alcantarillas parecen fauces hambrientas y no rejillas y el hueco profundo de la derecha en medio del lagunajo permanente exigían completa concentración. Cualquier descuido y podría uno irse literalmente a dos metros bajo tierra, a la profundidad de ese fenómeno terrestre hecho por el hombre mitad cráter madre y otro tanto negro géiser. Como añadidura la bici era prestada, no quería por ningún motivo romperle “la pata”. Llegamos finalmente a la entrada del club y ahí en el estacionamiento nos estaban esperando una verdadera primera línea. Con César ya había tenido oportunidad de compartir hacia unos días en la subida del Pico Occidental, pero a Güido y a Nicolás hacia muchas lunas que no tenía el placer de tratar de abarcarlos y apretarlos en gesto de camaradería. Se veían bien a pesar de los kilos y sonreían demostrando que a todos nos alegraba estar juntos. Joseito apareció unos instantes después y venía ya sudoroso después de una caminata de calentamiento por la playa. Todo el día anterior habíamos disfrutado de las instalaciones en familia y a pesar de sus continuas reconfirmaciones, yo aún no estaba seguro si finalmente vendría. Tomamos las siempre bienvenidas fotos de rigor para enseñarlas vía chat a los ausentes de cuerpo. Toni le devolvió la bici a José y cuando parecía que ya estábamos listos para partir a rodar con el segundo grupo nos percatamos de un escollo que pondría a prueba nuestros talentos ingenieriles. A la llanta delantera de la bici vintage de Gerardo se le había desprendido la válvula y estaba inhabilitada. El problema radicaba en que no teníamos ninguno una recámara de repuesto de 26 pulgadas. Solo César portaba en la bolsa del sillín una de las que habíamos usado en el Niagara (700X35), pero era de mayor perímetro longitudinal y menor transversal. Afortunadamente alguna vez con mi amigo Otto habíamos comentado que al pinchar y no tener parcho, como medida de emergencia se puede cortar la tripa en el punto de la perforación y hacer dos nudos a los extremos. Como no había nada que perder, se me ocurrió hacer un nudo a la tripa y recortarle de tamaño, solo faltaba probar que no se reventara en expansión. Eureka, ha funcionado! Vamos todos! Aunque como precaución solo tengamos los parches instantáneos que llevaba Franco. Avanzamos en grupo con camisas de las amarillas o de las blancas, muy orondos, orgullosos de nuestro nuestras siglas y emblema. Para mí son tan importantes como el gentilicio. Navegamos por sobre la cubierta de la calle informe y desfigurada casi hostil, hasta pasar por el núcleo atlántico de nuestra alma mater. Gerardo sorprendía con gran potencia, retaba al peso del monstruo amarillo que llevaba entre piernas, el suyo propio y las bocanadas de Eolo que ahora entrada la mañana soplaba con más fuerza. Nicolás se turnaba a ratos con él en punta y César manejaba desde la partida las fuerzas y la distancia. Franco charlaba con José y yo simplemente me maravillaba de lo que veía y trataba de registrarlo en los recuerdos. Más o menos agrupados nos mantuvimos hasta Anare donde Güido tuvo que meterle aire de nuevo al remiendo. Nicolas siguió adelante no muy detrás de Franco y José que con el beneficio de las pantorrillas de acero y la aerodinámica de la bici se alejaban en la distancia. Yo regresé a chequear cómo venía César y asegurarme que no había retardo por pinchazo. El que pinchara tendría que esperar ayuda sin poder valerse por si mismo. Yendo y viniendo aprovechando la altísima calidad anemodinámica de la bici que me habían prestado pastoreaba a los godditos. Llegamos Jose, Franco y yo casi juntos a la mitad del recorrido y nos detuvimos a esperar al resto. Mientras, decidimos tomar unas cervecitas brindadas por Franco en una quincalla en lo que queda de Los Caracas. Estaban bien frías, oh elixir divino de la Malta. Alcanzamos a beber una y media cuando llegó Nicolás que sorprendía por su consistencia y ritmo. Las profesoras de spinning habían obviamente entusiasmado a este muchacho para ponerse en forma. Bromeamos con la consigna escrita en el paredón. Símbolo del subdesarrollo, emborrachada de dialéctica y hambrienta de sustancia. Apareció César haciendo fiel a su estandarte del todo-terreno. La del estribo y salí adelante del grupo para ver si Güido necesitaba ayuda. Para mí sorpresa nunca más lo volví a ver. Hice Giro en U una vez más en la redomita de Anare y me dije, buenas noticias, por lo menos no está varado en seco. Después comentaría Güido que hizo más ejercicio con los brazos que con las piernas. Regresé vía Los Caracas hasta toparme con César quien venía ensimismado y concentrado por la caminadera al lado del mar. Había cubierto bastante terreno ya que las rocas donde Gea y Neptuno se explayan en contacto abierto figuraban bastante lejos. Imité al carnal Félix y le dije, dale duro que tú llegas! Me agazapé en el manubrio, y apreté la marcha hasta encontrarme con Nicolás, José y Franco. José sorprendía, a pesar del handicap que cargaba encima, marcaba su ritmo y le rendía. Seguimos más o menos juntos hasta la parada de los cocos, ahí recuperamos algunos electrolitos en sorbos de fruición catalítica. Mejor sería con Whisky dijo Nicolás, en medio de bromas con la afable señora. Ella seguía dicharachera la corriente, aún cuando le dijimos que se buscara un machete más afilado. Yo me colocaba tácticamente detrás de Jose por aquello de que era ella la que tenía el arma, estuviera afilada o no , en la mano. Una vez más Franco ondeó unos billetes con muchos números y letra en su faz y financió la operación coco. Nicolas se adelantó y de nuevo la llanta de Franco perdía presión. El gusanillo había perdido la antera del filamento. Advertí sin deseo de admonición, si tratas de ponerle más presión va a quedar completamente desinflado. Al escuchar el silbido del aire escapándose veloz nos percatamos que ya era tarde. José pacientemente sacó los cilindros de gas comprimido mientras yo ayudaba a cambiar la recámara. César había llegado, se había tomado el líquido de la semilla nucifera y había partido mientras reacondicionabamos la llanta. El club estaba cerca, entramos victoriosos y satisfechos. Gerardo había llegado por sus propios medios. Ya juntos nos relajamos y nos agradecimos. Gracias chicos! Había sido una buena rodada, en un buen día con un grupo, sin duda especial. César y Nicolas regresaron a atender compromisos previos. Gerardo sí nos acompañó luego al tercer tiempo de cervezas, mar, pescado, arena y familia. El tiempo ha pasado, somos diferentes, pero me alegra que por momentos nos empeñemos y volvamos a ser los mismos. Larga vida al RBPPA!! |