En su última narrativa Herman Krieger nos presenta una sensible historia que trasciende a lo humano. Con exquisito detalle, en el mejor estilo, que el mismo ha bautizado como hiperrealista, nos lleva a ese momento etéreo de desconexión con la realidad y a ese punto geométrico y geográfico que se localiza en las cuatro esquinas del suroeste norteamericano, muy cerca de la división continental. Esta mini obra logra compaginar las experiencias de un grupo de aventureros, que en su deseo de fortalecer los lazos de unión previamente establecidos, ingresa a un mundo psicológico aferrado geológicamente a las rocas precámbricas y suspendido en la historia de los tiempos, como los fantasmas de nuestros antepasados a las Kivas de los Anazasi.
Las vivencias de habitantes nativos y gambusinos errantes que algún día merodearon los espacios que están a punto de ser descritos, sirven de marco para la evolución del ensayo Kriegeriano. El narrador, muy hábilmente a través del uso de herramientas comparativas como el miembro del flautista encantado y la potencia viril de Príapo, nos hace ver la complejidad de la naturaleza humana, su búsqueda por las deidades de la fertilidad y la comunalidad de pensamientos y realidades de las diferentes tribus que han poblado el planeta, al igual sus logros, sus esfuerzos y sus penurias.
Procediendo como una estirpe predestinada, el grupo de amigos se embarca en una expedición del temple de las más afamadas epopeyas relatada en las populares novelas de caballería metálica.
Mas allá de la leyenda, los personajes, uno a uno van desarrollando sus características e idiosincrasias hasta crear un conflicto primario de sobrevivencia en el cual lo individual se interpone a lo grupal, para luego en un rechazo de lo material y lo propio retornar al bien colectivo. De esta manera el autor intuitivamente cierra lazos de tiempo circular y nos ofrece una amena visión figurativa, seria y ligera por momentos, abundante en pasajes hilvanados con realismo mágico.
Entre líneas se pueden sentir las salpicaduras de Kierkegaard y Borges como un compas dirigiendo el ágil lápiz del autor.
Los hechos tal vez nunca sucedieron, son tal vez pura ficción, ó, si existen, más allá de la imaginación de aquellos que con su sufrimiento han encontrado un edén del espíritu. Un Shangri-La que colinda entre la suficiencia, la humildad y el perdón. Quizás un nirvana gestado por el dolor que ocasiona el esfuerzo físico y por la admiración de hondonadas, picos, valles y colinas , paradójicamente áridos y fértiles por igual. Sitios e imágenes todos que perduran en la mente del lector como un territorio intangible, socavado por las fisuras de la amistad y lleno a pesar de todo de recuerdos indelebles e imperecederos.