El Jinete del Apocalipsis (II)

Por Germán Guerrero, el Semental sentimental.


Al fondo del valle nos reagrupamos para hacerle frente a la postrera gran subida de la fecha; los ciclistas tenían las fibras musculares de los supinadores en antebrazos extenuados por el esfuerzo de frenar y controlar el balance de los giros entre piedras sueltas, peñascos y barrancos. Cercanos al puente se rociaron los jinetes, de insecticida que por poco me mata. Mareado por la pestilencia química, me bamboleaba mientras el almuerzo de naranjas y barras de chocolate eran compartido en el remanso del arroyo brincado en su vértice más bajo por Borrow Bridge. Una vez Bontrager se hubo recuperado, iniciamos la escalada. Casi que ya no había espacio en las alforjas de la fiel Mongoose, cuando previo a la subida varias piezas de equipaje sueltas fueron apretujadas para hacerme compañía en el ascenso de la tarde casi desvanecida. Era una hora avanzada, pero el verano nos bendice con la postergación del ocaso, suficiente ofrenda para los peregrinos lentos o perdidos. Después del puente del Burro y luego de pasar una entrada disimulada entre los árboles del bosque en un falso tope del camino, se llegaba al verde habitáculo donde la caravana se hacía por primera una unidad.

Los fermentos fríos esperaban en la casucha rodeada de pinos carrascos y hermandad. Los cocineros elaboraron una pasta de atún y cebolla, adornada con olivas de ésas de la península madre. Yo las disfruté a escondidas mientras todos se retrataban en la terraza del valle. Las esplendorosas siluetas agudas en el fondo nos hacían ver lo arduo del día y la magnitud de nuestro esfuerzo imprescindible.

La intimidad de la noche había llegado con apremio y el grupo unido comentaba las experiencias de la etapa conquistada y comenzaba a silenciarse en el reposo obligado dentro de los malditos cocoons, para afrontar las sombras, la altitud, los ronquidos y el cansancio acumulado. Yo estaba fresco y había picado de todos los alimentos. Ahora sólo esperaba las más profundas tinieblas para arrasar con lo que quedara disponible en la mesa mayor. Después de todo, para mí era solamente una singladura menos en mi afán por cumplir con los designios mitológicos.

La nueva alborada resonaba en lo recóndito de la lejanía con el sonido de una campana blanda que espantaba de los abismos las tinieblas en la vigilia derramadas. La aurora fría alumbraba los territorios semi-alpinos en el suroeste del norte del nuevo mundo con el propósito de retarnos a perdurar en la trayectoria ya preestipulada.

Subimos la cuesta cenicienta en dirección al cono ermitaño, atravesando por un bosque risueño y cerrado, donde silbaban al viento los ángeles emplumados. En el encaje del monte crecían prolijas las flores, vistiendo orondas sus maquillajes mejores, tenían rasgos salvajes y muchos vistosos colores; además, emitían a nuestro paso deliciosas fragancias y seductores olores.

Como por dictamen divino, en el primer trecho los botones sobre la tierra lucían un esmalte marino, añil, con manchas en tonos de malva. En el sector inmediato, estaba incrustado el verde de un amarillo claro y ovalado, como el matiz en las alas de las mariposas, ésas, que hacen el amor mientras danzan. Ya llegando a la encrucijada que nos guiaba al otro lado del filo de la encantada montaña, el tapiz de hierbajos acostados compartía la luz con broches en forma de cruz de Bizancio, su tinte era rojo intenso y temblaban en el viento, despacio, como quienes por primera vez aman, buscan del otro los labios.

Casi me caigo varias veces en la bajada donde la tierra negra erosionada exponía las piedras albas; varias reparaciones serían necesarias una vez más por culpa de las maletas alemanas de la Mongoose y después al segundo trío de expertos por los múltiples pinchazos de la tripa tripa flaca. En cada reparación de panniers tenía que moverme de un lado a otro para no quedar al completo descubierto, lo mismo que mis lugartenientes y obreros en nuestros transportes de caballería. Después de girar alrededor del cono en forma de una parábola invertida, comenzó el primer verdadero largo descenso del viaje; las aperturas en el bosque, cada vez frecuentes eran ventana a los valles al norte de Norwood. El reservorio de "Groundhog" descansaba más abajo, solitario y desvanecido, como un espejo encantado donde si miras se develan los pecados del espíritu. Al lado del camino, antes del triángulo, vimos un manchón enorme oscuro, evidencia corpórea de un ser que literalmente había doblado el cacho. La velocidad que alcanzábamos en las bajadas era exhilarante, el corazón subía las pulsaciones sin ningún pedaleo. La adrenalina los volvía más acuciosos de los peligros y de la grava suelta en los confines de la trocha. Acurrucados los pilotos y aferrados a los manubrios angulados, temíamos los pasajeros inocentes por nuestras vidas. Desprenderse de las alturas a 62 km/hrs en esa carretera con huecos y sartenejas era una locura, ¡¡YIPITI DIPITI DU!! ¡¡Qué sensación de libertad!!

Libraron todas las calles prolongadas en dirección siempre hacia el pacífico, unas veces en T, otras en Y, otras invertidas. En una parada obligada por la madre naturaleza, alguien estableció el código Mitchum: además del uso compartido de la viril barra, ahora el índice de la mano derecha sería usado sólo para aplicar la vaselina en el perineo, el anular para la crema de protección solar en la cara, el medio para distribuir el off y, por último, el meñique para la manteca vegetal en los labios; en la mano izquierda, tres dedos para comer y los otros dos para limpiar las mucosidades. Había que tener mucho cuidado al manipular las diferentes fuentes de alimentos, barras y cremas. Se acordó que al acabar el viaje se harían musulmanes.

Mirando al monte nos dimos un chapuzón refrescante con una culebra danzante, la temperatura subía y ya habían desparecido los árboles de envergadura, sólo chaparrales y juníperos eran los amos de la comarca y la distancia. El cansancio generalizado después de 40 millas convertía a las rectas largas en subidas lentas y apesadumbradas; enseguida vendrían bajadas suaves y poco inclinadas. Una y otra vez se repetía el guión hasta la conquista de la cúspide de Sandy' Pass Fort. El calor ahora agobiaba a los pasistas, la resequedad de todo incrementaba y los avituallamientos de agua de pronto nos preocupaban. Después de más fotos posadas con Sanjuán en la distancia miraron los aliados hacia atrás buscando a los panas que no llegaban.

Antes de una taguara que no estaba abierta jamás, entraron los jinetes con mucho cuidado a doble fila al camino de la verde guarida. Sin poder entrar porque "los duros" llevaban la llave comenzaron a pelear por la sombra de un pino bajo y raído y por una silla desvencijada. El viento subía con la fuerza de un torbellino desde la oquedad en el fondo de la cuenca seca y resquebrajada. Yo también me preocupaba por los compañeros que viajaban con los humanos en las bicicletas. Pasaban las horas y cuando, desesperados, hacían planes de contingencia para pasar la noche en medio de los cactus y los coyotes cojos y tristes, las tres figuras solitarias penetraron las deformaciones que el calor crea en la distancia.

Finalmente llegaban La Comadreja, Motto y Landalú; traían las ropas llenas de polvo del camino y explicaciones y desvíos y pinchazos y extravíos y desvaríos en los ademanes y las palabras. Irónicamente, el calor aumentaba a medida que el sol se ocultaba, las isotérmicas que se gestaban en el fondo del valle fenecían con la tarde y la tierra ardiente refractaba toda la energía acumulada. Se desnudaron los cuerpos y se entotumaron con Lucian Freud en el crepúsculo de lo deshabitado. Mientras algunos descamisados trataban de inmortalizarse sin las barrigas, mirando al vacío con poses de estampa grecorromana, mis edecanes llamaron al resto de las hormigas y a los grillos que cumplían funciones de veladores. Todos los cincuenta procedimos a entrar en la cabaña, desde hoy y por los siguientes dos días se llevarían a cabo las ceremonias religiosas y los festivales conmemorativos del arribo de Pegaso, Príapo y Electra a la tierra roja de este inhóspito pero acogedor territorio. El gran festival se expandiría y trataría de propagar con los insectos vecinos el culto al Gran Kokopelli. Esa noche practicaríamos nuestros ritos espirituales más elevados y explicaríamos el origen del la creación de mundo a todas las nuevas generaciones.

Alguien tendría que sacrificarse para garantizar el bienestar de los demás, El altar sería la plataforma redonda donde los humanos se sentaban a analizar los jeroglíficos inescrutables, escritos en hojas de papel blanco. El olor a raspadura de pino y materia en descomposición le daban una atmósfera solemne al templo escogido y a nuestra alta ceremonia. Este altar artificial era ideal, teníamos vista al valle abierto dominado por el claroscuro de la media luz y los matorrales de salvia salvaje medio chamuscados y, además, teníamos protección de otros depredadores naturales. Los grillos en cuerpo serían inmolados a las doce en punto de la noche. Justo cuando la cola de la constelación de Escorpio cambiara su orientación de este a oeste en la noche estrellada.

Mientras llegaba la hora, todos fuimos a recoger los alimentos que nutrirían a los grillos en su largo viaje al más allá. Fuimos, como era tradición, a recoger hongos y petite pois y espárragos que el alquimista cojo preparaba en la cabaña. Esperamos a que los humanos durmieran, con sigilo escalamos la mesa y comenzamos a recoger todo lo que no se había limpiado. De pronto el Jinete Andaluz prendió la linterna prohibida, miles de lúmenes se desbordaron de su mano y cubrieron todo. Yo sentía que casi nos perforaba como un haz maligno. En seguida e inesperadamente sujetó el "pomo" de cloro y lo regó por todas partes mientras gritaba: ¡Las Hormigas! ¡Las Hormigas! ¡Miren cuantas hormigas!

¡Armagedon! ¡Corran! gritaba yo,- corran hacia la puerta-. Tomé a mis amigos de la mano y traté de librar el resquicio bajo del portal en medio de una lobreguez fatídica.

Salimos de la cabaña con rabia y prisa, a punto de sucumbir a la tecnología de los humanos. Nos detuvimos los seis amigos más cercanos en los escalones polvorientos para recuperar el aliento. Uno de ellos tenía una pata colapsada cerca del tobillo y yo quería que se recuperara pronto, pero él prefería esperar inmóvil para determinar el daño y sus consecuencias. Mientras, giraban ajenos los astros en firmamento.

La desazón de los sobrevivientes me regresó a mi realidad. El cloro que había regado en la mesas y en el piso, el centauro letal con acento ginebrino, el del corcel forrado de negro elástico, después de armar tremendo lío, finalmente cumplían su cometido. Dieciséis de mis camaradas obreras habían muerto y un amigo entrañable estaba caído y, en un sopor casi maléfico, se negaba a ser atendido.

Yo, la hormiga guerrera, ahora no estaba seguro de si fue buena idea que nos acompañara en este periplo. Quería hablar con él, pedirle perdón por haberle fallado, por no haber entendido sus necesidades, quise decirle lo mucho que lo apreciaba. Yo quería remediar en ese instante todo, tener la seguridad de que compartiríamos de nuevo, como en el pasado benigno. -Pensaba, -Hay que compartir por igual en lo duro y lo muelle, en la subida y en la bajada de cualquiera que sea el camino. Era tarde, él ya se había marchado. La consternación de su ausencia hizo que me embargara una tremenda tristeza. Descubría lo frágil de la amistad y lo vulnerable de nuestras vidas, tuve dudas existenciales muy profundas. ¿Cuál es el sentido de nuestro paso por esta vida? ¿Cuál es nuestro legado? Supe en ese momento que tendría que adelantar las ceremonias que habían originado esta travesía. No podía esperar a La Paradoja o al Valle de Los Castillos, ahora era el momento de comenzar el ritual y hablarle al grupo. No podía esperar que también a mí me pasara algo fatal y truncar la cascada de los conocimientos.

Levanté la mirada y respiré profundo para calmar el pánico desatado y quitarme de los pulmones el gas halógeno y me percaté que era una noche única del estío. Y olía a resina de pino maltrecho y a fragancia de rastrojo enjuto y a esencia de tierra seca y olía como la noche cuando gimen las estrellas, y yo miraba maravillado la convergencia plateada de tres esferas casi en línea flotando en el sinfín, más allá de la mesa, en el inicio de lo oscuro. Al lado de ese reflejo, el brillar de una diosa desnuda hecha materia encajaba la imagen perfecta que rompía el dominio de la penumbra en la antesala del desierto. Y el silencio agrandaba la noche y hacía más densos mis pensamientos y mi congoja y mis anhelos. Los aullidos de los coyotes rasgaban la distancia y volvíamos a tener miedo y admiración y respeto por la creación y la naturaleza. Más arriba de la luna la giraba Perseo y yo esperaba el momento de divisar a Pegaso, sin saberlo, padrino y nodriza de nuestro cosmos. Yo, el insecto sacerdote, investido cincuenta años atrás, era el responsable de adoctrinar en este intersticio, con la luna gitana a mis espaldas, a los demás sacerdotes y a todas las hormigas y grillos que viajaban con este grupo. Salieron de todas partes, se habían mimetizado con los enseres de los humanos, salieron de las mallas de los equipajes, las llantas, y del interior de los tubos de los cuadros de las bicicletas. Habían sido cincuenta en total el día de la partida, nos habíamos montado por los cauchos de los ciclistas en Hermosa Park Road, mientras ellos esperaban al Jinete del Apocalipsis quien adquiría insecticida y compraba Babuchas en el resort. Con las antenas erguidas ahora escucharían las historias que son nuestros ritos. Era mi función hacerles llegar la leyenda para que un día también la supieran sus hijos y mis hijos.

Alineados, todos escucharon la misma verdad que tendrán que escuchar nuestros descendientes, sobre el origen de las especies y la génesis de los vivos. Se remonta a Grecia; la he repetido muchas veces en mi mente, para nunca olvidarla. Aquí la comparto como es mi responsabilidad en este momento para todos los insectos y humanos.

- Contrario a lo que es del conocimiento occidental, el oeste americano fue poblado hace más de cincuenta mil años. Cuando Pegaso era un potro jamelgo que galopaba y volaba por el puro placer del ejercicio, en eso se parecía a mí. Un día de la canícula, equivalente a un 16 de julio en que Venus y Zeus dormían después de hacer el amor, Pegaso quiso correr y volar hasta sentir hervor en las piernas, el corazón explotar y en la boca espitar el último bufido y quedar sin alientos; en eso también se parecía a mí. Ese ocaso, saltó la barda temprana de la madrugada en busca de la luz. Quería demostrarse a sí mismo que podía ir a una velocidad tal que daría la vuelta a la tierra sin volver a ver las tinieblas. Y así, no ser observado por otros dioses que vigilaban y dominaban el firmamento estrellado.

Entretanto Príapo seguía sus movimientos a cada alzada de cascos, a cada meneo de las crines doradas, él maquinaba como convencer al dócil ecuestre de participar en las carreras del hipódromo; tenía que pagar a Cronos 50 monedas de oro, le había apostado a Abraxas, el caballo de Helios, y había perdido una fortuna durante una carrera en la isla de Creta; también quería quitarle los rayos que Pegaso llevaba a Zeus, su plan sombrío era adquirir el poder de crear lluvia y con ello el alimento del pueblo. Al mismo tiempo, sufría del delirio de querer conquistar a Venus.

El del falo enviagrado engatusó a la bestia sagrada y, antes de partir, lo convenció de llevarlo a cuestas para ayudarlo con la interpretación de las direcciones; le recordó que no tendría la posibilidad de guiarse por las estrellas. El final de una luna llena diurna embelesó al corcel alado, quien accedió sin contemplarlo mucho; los dos partieron excitados por la aventura y, después de cincuenta mil leguas de camino, arribaron a lo que hoy es Colorado. El sátiro había escuchado de oídos de Gaia (Diosa de la tierra) que en esta zona se encontraban depósitos de un dorado metal a flor de tierra. Pegaso entretanto, tenía la espalda adolorida por los efectos de la condición de Príapo rozándolo sin cesar. Tenía las alas cansadas y mucha sed, como si hubiera estado merodeando en el desierto sin encontrar a Cabot Oil. Luego de cumplir con la ley natural del segundo digito, se relajó, sintió sueño nervioso y dormitó ligeramente con la espalda contra una de las paredes del cañón ancho, por los matojos al final de un barranco, donde no soplaban los vientos siderales.

Al despertar advirtió que era un valle árido y estéril, conocido en cartas astrales como "La Paradoja". Con las lagañas del tiempo trascurrido arropándole los ojos descubrió que la situación de Príapo no había mejorado. Discutieron y llegaron a la conclusión de que Príapo debía encontrar una manera de continuar la travesía sin crearle más incomodidades a Pegaso; de otro modo, no lo transportaría a la acrópolis antes de que descubrieran que habían desobedecido los designios de Zeus. Príapo asintió, se despojó de la toga, se alejó a una cueva donde trató de relajarse y comenzó a fantasear eróticamente con las beldades conocidas en Grecia; por horas imaginó orgías con espartanas y troyanas por igual, desvarió con la idea de acariciar a alguna de las hermanas Pléyades, -no en vano las fraternas féminas habían sido tutoras del niño Bachus-pensó trastornado- , pero después de tanta concentración, no había buen resultado. Sin embargo, cuando ya se daba por vencido, tuvo una visión cercana en que Electra se avecinaba y lo acariciaba en las partes blandas, Semper Durum. Era tan intensa la ilusión que no podía diferenciar si era delirio o realidad. Ella se le acercaba seductora con un velo color alba y con encaje de perlas negras y luna. De Electra, su belleza, su figura redondeada y su piel tersa color de nácar, su energía infinita, su paciencia, su bondad y sus conocimientos, sobre todo en el soplido de la flauta, excitaron de tal manera al sátiro que, por primera vez en su existencia, experimentaba clímax emocional y alivio seminal; ahí, en medio del desierto, donde hasta ahora nunca había habido vida.

Sucedió lo inesperado, El muy bandido se había enamorado y ya no quería regresar, se haría monógamo, éste era el nuevo Edén. Construiría un refugio para él y su amante en un nuevo pueblo que se llamaría Naturita. Los fluidos fecundos se derramaron por el valle y entraron en contacto con la boñiga del rocín mitológico. En esa bosta especie de caldo vital se habían transportado todo tipo de núcleos, de hormigas en forma de huevos enquistados, de plantas en forma de semillas secas de la dieta del volador equino, de otros insectos oriundos de Grecia, aminoácidos de hormigas como yo, de cuello rojo, yacían asimismo latentes. Electra también sintió algo muuy especial, quedó prendada y sin saber por qué, comenzó a llorar; sus lágrimas cristalinas no se detenían y eran tantas que no podía albergarlas en la cuenca de sus propias manos; en la madrugada del otro día, el Río Dolores ya había manado y serpenteaban las gargantas y cañones de la tierra no más virgen. Las aguas circunvalaban el espacio aún polvoriento, penetrando por momentos la tierra roja, anaranjada y amarilla. Hasta donde alcanzaba la vista comenzaba la gestación de toda forma de vida y ya las montañas alrededor comenzaban a absorber el rocío y mostraban la metamorfosis gradual a la existencia permanente; los valles eran cornucopias con especies que serían pioneras en la creación del nuevo mundo.

Así recuentan las canciones de los antecesores indios, de los insectos y los espíritus, el primer origen de las especies, el génesis de la vida en el suroeste americano. Luego los humanos y mamíferos surgirían y se reproducirían por el efecto de las mutaciones que propagan las piedras verdes, esas fúlgidas que abundan expuestas en caminos, mesetas y grutas. Las que brillan diferente al anochecer cuando liberan electrones de los últimos niveles cuánticos. Los humanos las llaman Uranium. Para mis ancestros eran amuletos ricos en protección contra fantasmas del pasado y adornos míticos en las ceremonias religiosas en las Kivas. Ésta es la historia que contaré a todos los seguidores que nos acompañan desde Purgatorio y que fueron escogidos por haber nacido en la fecha aniversario de la creación de la vida en el desierto. Cumpliré así mi sino de ser sacerdote investido en el orden del culto que honra a mi guía espiritual el gran KOKOPELLI, suerte de Sátiro encantado, bromista, flautista, mitad dios, mitad hombre, mitad insecto, símbolo de la fertilidad, de la conquista femenina, patrón de los que montan bicicleta montañera, de la primavera, de la paz y del amor platónico.

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