En busca del crustáceo enrojecido

Por Germán Guerrero, el Semental sentimental.


El Sol largo de una tarde próxima al solsticio cálido laceraba la sombrilla de octavos blancos y amarillos y una brisa fría tímida refrescaba desde el otro lado del poniente.

Yo, lentamente disfrutaba del crustáceo enrojecido en la ebullición de las aguas, mientras los enamorados intercambiaban flashes desde el dispositivo digital detentor del tiempo.

Había saboreado este momento desde mi truncado primer viaje al apendice insular neoyorquino. Todos habíamos cumplido con creces nuestro objetivo, pensé, con la satisfacción del esfuerzo bien terminado.

Los polluelos se habían acompañado a lo largo del recorrido y habían demostrado que eran algo más trascendental y puro que topocho y sopa de guacuco. Su compenetración me alegraba y la manera de compartir estos momentos me radiaba energía mística para vitalizarme espiritualmente.

Las dos medias naranjas parecían acopladas. Deanna había estado a la altura y Mauricio había marcado la ruta por los primeros treinta Km., dándome suficiente descanso para no sentir los efectos de los panniers y el acido láctico.

Yo por mi parte aumentaba a 87 por ciento la preparación para Colorado y había puesto de mal humor a varios farsantes con bicicletas de nombres europeos difíciles de pronunciar y armadura de carbono.

Al saborear los frutos frescos del vasto recipiente salino, recorríamos en la mente los 70 km andados y los diferentes protagonistas de reparto que habían surgido de entre las filas de participantes para completar la historia de la bicicletada a Montauk. Recordábamos a los que habíamos sobrepasado y trataba, al menos yo, de olvidar a los que nos habían dejado atrás.

Entre risas y anécdotas y los efectos gratificantes de las endorfinas y una Bass Ale bien gélida, veíamos contingentes de ciclistas todavía marchando en rito de peregrinación hacia el este.

Allá, poco antes, en las arenas tibias contiguas al faro que contenían al mar más bien semi-templado, reposamos, mientras los sonidos de las gaviotas y niños jugueteando se entremezclaban con la monotonía de las olas para alejarnos de todo y brindarnos un merecido descanso y relajamiento.

Durante la vuelta transitábamos en reversa el camino de todo el día, algunas calles y parajes tornaban familiares en la mente. Los nombre Irlandeses acaparaban comercios y lugares, O'Sullivan Bakery en Amagansett, Finley's Place en las cercanías de Westhampton, O'Brian Funeral Home colindaba con la estación del tren en Mastic-Sherley. Parecía increíble la cantidad de distancia que había sido devorada por nuestras llantas y guardada en los odómetros de los manubrios. Las emociones surgían encontradas con la noche a pesar del cansancio y la fatiga.

Nos despedíamos con fervor fraterno en las inmediaciones de la estación del tren de Mastic, felices de haber sido cofrades en el denuedo verdadero. Emprendíamos en ese momento rejoneado por una luna Lorquiana las 2 horas adicionales de camino a casa con la seguridad que pronto coincidiríamos en otro capitulo del creciente palmarés del místico RBPPA.

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